Lima 18 Jun. (ANDINA) -
El Mundial 2026 vuelve a demostrar su capacidad para captar la atención de una audiencia global. Con una canción oficial interpretada en varios idiomas y millones de espectadores, siguiendo cada partido desde distintos continentes, el torneo parece confirmar que el mundo está más conectado que nunca.
Sin embargo, detrás de esa imagen de unidad global se esconde una contradicción que está transformando la industria del entretenimiento.
En un reciente análisis titulado “La paradoja de una Copa del Mundo”, la revista británica The Economist sostiene que, mientras la tecnología facilita el acceso a contenidos de cualquier parte del mundo, las personas consumen cada vez más productos culturales locales.
Según la publicación, esta es la gran paradoja cultural de la actualidad: la globalización ha ampliado la oferta de entretenimiento a una escala sin precedentes, pero las preferencias de las audiencias se inclinan cada vez más hacia contenidos producidos en sus propios países o regiones.
Más acceso global, preferencias más locales
Durante años se asumió que plataformas como Netflix, Spotify, YouTube o las tiendas de aplicaciones de Apple y Google impulsarían una cultura global dominada por las grandes producciones estadounidenses. La lógica parecía simple: si todos tienen acceso al mismo contenido, terminarán consumiendo los mismos productos culturales.
No obstante, los datos muestran una realidad distinta. The Economist señala que las listas musicales se están volviendo más nacionales. En Brasil, por ejemplo, 96 de los 100 artistas más escuchados pertenecen al propio país.
La misma tendencia se observa en el streaming audiovisual. A medida que las plataformas buscan nuevos mercados, han incrementado la producción de contenidos adaptados a públicos específicos. Como resultado, la participación de Norteamérica en las nuevas producciones para streaming se redujo de 70% a 36% en apenas seis años.
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La fragmentación también alcanza a los nuevos medios digitales. En YouTube tres cuartas partes de los videos más populares permanecen dentro de un solo país. En los videojuegos móviles los gustos difieren ampliamente entre regiones con títulos que dominan determinados mercados sin alcanzar una popularidad similar en otros.
Impacto económico
Para The Economist este cambio responde tanto a factores tecnológicos como económicos.
La reducción de los costos de producción y distribución ha permitido que músicos, creadores audiovisuales y desarrolladores de videojuegos se dirijan a públicos más pequeños sin necesidad de conquistar mercados globales para ser rentables.
Al mismo tiempo el crecimiento de la clase media en diversas economías ha generado una demanda suficiente para financiar producciones locales de gran presupuesto. Plataformas globales pueden ahora invertir en series para audiencias mexicanas, contenidos coreanos o videojuegos adaptados a las preferencias de los consumidores asiáticos.
Los algoritmos también desempeñan un papel relevante. En lugar de promover una oferta uniforme para todos los usuarios, las plataformas recomiendan contenidos basados en preferencias individuales, lo que favorece la creación de nichos y fortalece las identidades culturales locales.
El desafío para el poder blando
La revista británica considera que esta transformación tiene implicancias que van más allá de la industria del entretenimiento.
Durante gran parte del siglo XX Estados Unidos consolidó una posición dominante gracias a la expansión mundial de su música, cine y televisión. Ese liderazgo cultural se convirtió en una herramienta de poder blando que ayudó a proyectar valores, estilos de vida e influencia política en distintas regiones.
Hoy, aunque las empresas estadounidenses continúan controlando gran parte de la infraestructura digital y las plataformas de distribución, su predominio sobre los contenidos es menor. Otros países comienzan a ganar espacio como exportadores culturales, entre ellos Brasil en la música, Corea del Sur en la televisión y China en los videojuegos.
En ese contexto, el Mundial simboliza una paradoja cada vez más evidente. Mientras miles de millones de personas observan el mismo torneo y participan de una conversación global, la cultura cotidiana de esas audiencias es cada vez más diversa, fragmentada y local.
Para The Economist, el mayor espectáculo deportivo del planeta se desarrolla justamente en un momento en que la antigua monocultura global liderada por Estados Unidos pierde influencia y da paso a un ecosistema cultural mucho más descentralizado.